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El niño gris vivía en una pequeña casita a las afueras de la ciudad. Tenía un pequeño jardín dónde cultivaba coliflores y berenjenas. Solía pasar la mayor parte del tiempo sentado en su mecedora, pensando si volvería a pintar de gris la valla que circundaba su casita. “Quizás no esté todavía lo suficientemente gris”, rumiaba.

El niño gris vivía sólo. Tiempo atrás a nadie se le hubiese pasado por la cabeza que el niño gris fuese un solitario: “Nunca lo ha sido y nunca lo será”, decían los ancianos al pasar. En cualquier momento tenía con quien hablar sobre la hierba, el color del cielo, o incluso sobre su nuevo paragüas amarillo. El niño gris era amable con todos, sonreía sin cesar y creía en la bondad del mundo, en la belleza de la naturaleza y en la esperanza del futuro.

Pero inesperadamente el niño gris perdió su color. Un buen día, por extraordinario que parezca, nadié habló con el niño gris. Pudo ser una coincidencia o una mala jugarreta del destino, pero fue entonces, cuando por primera vez en su vida necesitó desesperadamente hablar con alguien. Y no había nadie.

El niño gris se sintió extraño. Todo era nuevo para él. En la soledad silenciosa en la que se había sumergido comenzó a comprenderlo todo. Nadie había hablado nunca con él. Sólo se hablaban a ellos mismos. El niño gris comenzó a perder el color. No sólo el suyo propio sino el de todo lo que le rodeaba. Ahora lo veía todo sin maquillajes ni artificios circenses. Siempre había estado sólo.

Nunca nadie le había ayudado sin obtener nada a cambio. Todo lo que en su vida había hecho por los demás había sido producto de su generosidad, pero nadie nunca le había dado las gracias.
Todo el mundo notó el cambio del niño gris. “Que mal aspecto tienes” ,”pero que mala cara”, “¿has dormido mal?”, le repetían sin cesar… Alguien pudo haber salvado al niño gris. Haberle hablado sinceramente, mirándole a los ojos, sin fijarse en su color, con el corazón abierto. Sólo necesitaba comprensión, confianza, alguien que, y ahora de verdad le escuchase.

Pero nadie apareció.

El niño gris nada dijo a nadie. Todo comenzó a irle mal. Sun sonrisa se fue convirtiendo en lamento. Sus ojos se hincharon ante las lágrimas. Ya no sólo él lo veía todo gris sino que comenzó a odiar los colores. Quiso convertir todo y a todos en grises. Y por segunda vez nadie quiso ayudarlo.

Le dieron la espalda y le condenaron. Nadie volvió nunca más a mirarle a los ojos. Nadie quiso molestarse en extenderle la mano y decirle “no te preocupes, yo te ayudaré, entre los dos lo conseguiremos”.

El niño gris huyó de la ciudad y de sus engaños, a un lugar donde todo fuese gris y pudiese ver la realidad verdadera, sin colores que le distrajesen, que le susurrasen al oído vanas mentiras y le prometiesen falsas esperanzas.

Como cada mañana, desde hacía ya tanto tiempo, el niño gris se levantó de su mecedora, cogió un cubo y una brocha y empezó a pintar su valla.

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